Momentos, perfectos.

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Facebook, esa red social en la que entro solo un momento al final del día para ver si mi familia está bien… últimamente me recuerda con demasiada insistencia las cosas que yo pensaba y compartía hace años.

Cuando supero la vergüenza ajena de releerme, me doy cuenta de cuantas vueltas le daba a todo. Cuantas ralladas, como diría ahora cualquier joven. Aunque no debería decir “ralladas” porque a los jóvenes de hoy les molesta que alguien de mi edad diga ese tipo de palabras modernas.

Pero lo bueno de tener nuestra edad es que sabiendo que no haces daño a nadie, cuando te apetece decir o hacer algo, simplemente, lo dices o lo haces, porque ya no le das tanta importancia a lo que piensen los demás de ti.

Otra cosa de las buenas de estar en esta fase de la vida, es que estoy aprendiendo a volver a disfrutar de las pequeñas cosas del día a día.

Que si el sabor de un café o un chocolate caliente. Que si el abrazo que le das a tus hijos e intentas retener en el tiempo y en el espacio para que dure más.

Las miradas, esas miradas que tienen su lenguaje propio. Hay miradas de “ya te lo dije” sin tener que decir “ya te lo dije”. Hay miradas de “tranquilo/a, aquí estoy”. Hay miradas de incredulidad, porque vivimos en tiempos imprevisibles, en el que la mayoría de veces vivimos tantas cosas extrañas, que eso es lo que te hace conectar con el otro, la pura sorpresa.

También aprendes a disfrutar de estar en la cama, de mirar al cielo, de darte cuenta de tu pequeñez y así poder volver a ti y disfrutarla.

Porque sí, somos pequeños, un simple grano de arena en la inmensidad del universo

Pero unos granos de arena que disfrutamos con la música, la música de un domingo por la mañana, con notas que te transportan, porque te dejas, a mundos en los que no hay preocupaciones.

Disfrutas de estar dos horas hablando con tu amiga por videoconferencia sobre el día a día. Disfrutas de olvidarte de lo que ibas a decir y de reírte de ti misma como una posesa.

Disfrutas de bailar y ver como se mueve tu cuerpo como si fuera un barrilete dando vueltas, pero es que lo disfrutas de verdad, porque ya estuviste mucho tiempo no queriéndote ni mirar al espejo, hasta el día que te diste cuenta de cuánto daño te hacía eso.

Hay momentos en que te sumerges en una perfecta calma. La paz que sientes dentro de ti al saber que la vida te sostiene, que solo quiere que seas feliz y que la única preocupación que de verdad deberías tener, es como hacerte un poco más feliz el día de hoy o como mucho, el día de mañana.

Este viaje que es la vida, lo único que hace es llevarte a ese lugar en donde sientes, que ahí eres tú, en que sabes qué quieres, aunque por circunstancias no lo puedas tener, pero la simple sensación de saber qué quieres o quién eres, eso te hace sentir, sencillamente feliz.

A veces pienso que la felicidad no es algo, algo que obtener o luchar por ella, sino, simplemente una sensación, que siempre está dentro de ti, una sensación a la que puedes visitar y también quedarte ahí, el tiempo que quieras y necesites. Eso no hace nunca daño a nadie, solo es cuestión de no olvidarlo.

Así, que ya sabes, en ese lugar que se llama felicidad, vístete o desvístete como quieras, sé quién quieras ser, siente como te plazca, ríe, llora, enfádate, sea como sea, todo va a estar bien.

Ve a ese lugar cuánto más mejor, cuánto menos tiempo pases “rallándote” la cabeza como hacía yo, mejor. Cuánto más disfrutes de estar ahí, más va expandirse esa sensación en tu cuerpo y en tu alma.

Dale vacaciones a tu mente, trabaja demasiado. Ve tú a ese lugar en que todo está bien, en que todo funciona y nada duele.

Seguro que de una forma u otra, la mente va a tener envidia y va a empezar a aprender a pensar en cosas de esas en las que sueñas y quizás, también, cuando menos te lo esperes, no hará falta que vayas hacia la felicidad, sino, que sencillamente y sin mucho estruendo, ella vendrá a ti.

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