Conócete

Hay días en que todo se vuelve complicado, sobretodo si estás sola y tienes esa edad en la que ya nadie te mira, sino es que te pintes como una pepona y a la gente, no te engañes, lo que le motivan son otras cosas…cosas que probablemente tú no tendrás, o quizás sí, pero que tendrías que venderlas muy bien para que te hicieran caso.

Foto de Brigitte Tohm

Pero el tema es qué necesidad tenemos nosotras, ese tipo de mujeres, de mediana edad, sin una carrera y solas, de que nos hagan caso?. Porqué aún creemos que esa debe ser la panacea de la felicidad?.

Quizás yo crea que no, porque sí, lo tengo que admitir, soy antisocial y creo que me puedo poner en el saco de las personas PAS. Personas altamente sensibles, sí, todo me afecta. Lo bueno, lo malo y hasta el peso de lo cotidiano. Aunque con el paso del tiempo y de tanto sentir, llega un punto en que aceptas que tu única posibilidad es hacerte la insensible.

Pero a lo que iba, si no se es PAS, ¿porqué esa necesidad de que te tengan en cuenta? porque si no lo hacen, acabas por deprimirte, creer que no vales, sentirte inferior?.

Me gustaba Jane Austen porque ella, dentro de todo lo que le rodeaba, hizo lo posible por saber quién era, qué sentía, qué la hacía feliz y qué no. Seguro lo tuvo todo en contra, hasta el amor (eso por lo que tanto luchó), no le hizo caso, pero aún así, ella siguió impasible con sus ideales.

No creo que esperara nada de fuera, pero sí creo que hizo todo lo posible, entre otras cosas, escribir novelas, para que su vida cobrara sentido, aunque la sociedad de su época, esas personas con las que compartió vida, no entendieran mucho de lo que ella debía sentir por dentro.

Nos empeñamos en sentirnos parte del clan, anularnos, escondernos, maquillar como somos para que nos acepten. Aunque para eso debamos disfrazar quiénes somos de verdad, porque realmente, lo único que hacemos es darle importancia a los de fuera y silenciarnos a nosotras mismas.

Mi consejo es que cuando el ruido de fuera sea demasiado ensordecedor, lo mejor que podemos hacer es pararnos a escuchar a nuestra alma, a nuestro corazón, a nuestra mente, para saber quién somos y qué queremos.

Quizás si pudiéramos conectar con la niña que fuimos, escucharla de verdad, aceptarla, darle todo lo que le faltó, devolverle la inocencia, amarla como nunca nadie antes la amó, quizás entonces, no necesitaríamos la atención de nadie, más que la nuestra propia y quizás también, así, podríamos aprender a amar mejor y alejarnos de quién nos hiriera, sin ningún tipo de remordimiento.

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